Durante dos semanas, Santiago fue el punto de encuentro de estudiantes y especialistas de todo el mundo en una de las escuelas más prestigiosas del CERN, organizada junto a la Pontificia Universidad Católica de Chile y el Instituto Milenio SAPHIR, consolidando a Chile como un actor relevante en la formación científica internacional.
Entre el 12 y el 23 de enero, el Campus Lo Contador de la Pontificia Universidad Católica de Chile fue sede de la CERN School of Computing (CSC), la primera edición de esta reconocida escuela internacional realizada en Latinoamérica. Organizada por CERN, la Pontificia Universidad Católica de Chile y el Instituto Milenio SAPHIR, la instancia reunió a estudiantes de diversas disciplinas, nacionalidades y trayectorias, en un espacio intensivo de formación en computación científica, análisis de datos y tecnologías habilitantes para la investigación contemporánea.
La realización de esta escuela en Chile marca un hito para el ecosistema científico nacional y regional, no solo por la excelencia académica del programa, sino también por su capacidad de generar redes, comunidad y colaboración internacional. Para SAPHIR, haber sido parte de la organización de esta escuela representa mucho más que el éxito de una agenda académica: es una demostración concreta de capacidad institucional, articulación y visión de largo plazo. Chile puede albergar instancias de alto estándar internacional, generar condiciones para el intercambio de conocimiento y actuar como puente entre el ecosistema local y los grandes laboratorios del mundo.
En el centro de la experiencia estuvieron las y los estudiantes. La diversidad disciplinar fue uno de los sellos más valorados por los participantes. Así lo expresó Josef Ruzicka, estudiante del Instituto Tecnológico de Costa Rica, quien destacó que “a nivel académico, me sorprendió mucho que, a pesar de que todos los estudiantes veníamos de áreas de estudio y proyectos de investigación diferentes, el curso lograra aprovechar eso como una fortaleza. Cada estudiante podía aportar desde su experiencia y todos aprendimos de los demás”. En esa misma línea, subrayó que “las temáticas del curso eran muy adecuadas para su posterior aplicación en nuestras investigaciones”, resaltando la pertinencia y proyección práctica de los contenidos.
Desde su formación en ciencias de la computación, Ruzicka valoró especialmente el impacto del trabajo del cuerpo docente, señalando que “las herramientas de desarrollo de software presentadas por el profesor Arturo Sánchez van a agilizar mucho mi proceso de trabajo”. Asimismo, destacó los aportes de Helena Brandao en física, las simulaciones de Monte Carlo desarrolladas junto a Jaime Romero, y los contenidos de probabilidad y estadística impartidos por Toni Sculac, los que calificó como claves para complementar su formación disciplinar.
Una experiencia similar fue compartida por Andrea De La Peña Castro, participante de Costa Rica y profesional de Boston Scientific, quien valoró especialmente el carácter integral de la escuela. Para ella, uno de los mayores privilegios fue “la oportunidad de dedicarme al 100% únicamente a aprender. Día a día nos sentábamos en el aula a disfrutar de la pasión que nos unía a todos: aprender sobre ciencia. Fue un espacio diseñado para crecer, una oportunidad que no se vive todos los días”. Andrea destacó además la riqueza del intercambio interdisciplinario, señalando que “aprender de personas expertas en distintas áreas, desde los profesores hasta nuestros propios compañeros, fue un verdadero privilegio”.
En cuanto a los contenidos, Andrea subrayó el valor de explorar nuevas áreas del conocimiento: “todo lo relacionado con computación fue muy significativo para mí. Navegar por tantos temas me permitió identificar aquellos que hoy despiertan más mi interés, como la sección de bases de datos, que sembró una curiosidad que seguiré cultivando”. Estas experiencias reflejan cómo la escuela no solo fortaleció competencias técnicas, sino que también abrió nuevas proyecciones profesionales y académicas.
Desde la perspectiva local, Daniella Mora, estudiante de doctorado chilena del Instituto Milenio SAPHIR, destacó especialmente el rol de la organización y el ambiente humano que se generó durante la escuela. Según señaló, “nunca había participado en una escuela en que los organizadores estuvieran tan pendientes de proponer actividades extracurriculares, acompañarnos a ellas e incluso participar en ellas; creo que eso fue lo que más valoro de esta escuela y lo que la hizo tan especial”. En el plano académico, Daniella resaltó “la calidad de los lecturers, porque todos tenían muy buena disposición para explicar, incluso después de las clases”.
Respecto a los contenidos, destacó particularmente las clases de Monte Carlo de Jaime Romero, por su directa relación con su tema de investigación, así como las sesiones de data analysis de Toni Sculac, “por su contenido y su forma de explicar, que era muy atrapante y te obligaba a cuestionarte de verdad los contenidos”. También valoró las clases de data technologies impartidas por Alberto Pace y de bases de datos con Andrzej Nowicki, áreas que —según comentó— “nunca había estudiado y tenían conceptos muy interesantes de aprender”.
Más allá del ámbito académico, los testimonios coinciden en resaltar el componente humano y cultural de la experiencia. Para Josef Ruzicka, uno de los mayores valores de la escuela fue el encuentro con personas que trascendieron lo académico: “tuvimos la fortuna de encontrarnos con personas bellísimas, que serán nuestros amigos por el resto de nuestras vidas”. Por su parte, Andrea De La Peña destacó su experiencia en Chile, señalando que “me voy fascinada por Santiago y su gente. Conocer su cultura, su historia y su forma de vivir fue invaluable”, agregando que le resultó especialmente significativo constatar que “en Latinoamérica existen organizaciones como el Instituto Milenio SAPHIR, con tanta dedicación por la ciencia y profesionales de altísimo nivel”.
Este hito también profundiza el vínculo entre SAPHIR y CERN, reafirmando el valor de la cooperación internacional como motor de transferencia de conocimiento, estándares y cultura científica. En ese contexto, se destacó la excelente coordinación con el equipo organizador de CERN, en particular Alberto Pace, Kristina Gunne y Andrzej Nowicki, cuyo compromiso y experiencia fueron fundamentales para el éxito de esta edición. Asimismo, se agradeció el respaldo del Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, y el apoyo de la Pontificia Universidad Católica de Chile, que abrió sus espacios para convertirlos en un verdadero punto de encuentro para ideas, colaboración y futuro.
Concluir la CERN School of Computing en Chile es, ante todo, una invitación a mirar más lejos. El desarrollo científico y tecnológico de un país no se construye solo con infraestructura o proyectos, sino también —y de manera decisiva— con comunidades, coordinación y formación de talento. La experiencia vivida durante estas dos semanas confirma que, cuando un ecosistema se articula, el impacto es real y duradero.